GAUDÍ Y LA MASONERÍA (1870-1882) - Ernesto Milá

En nuestro apresurado libro El Misterio Gaudí» apuntamos la posibilidad de que el arquitecto hubiera pertenecido a la masonería. En aquel trabajo y en artículos sucesivos, tuvimos ocasión de acotar esta opinión y dijimos: Gaudí «en un momento de su juventud, pudo pertenecer a la masonería». No hemos sido los únicos en sugerir una hipótesis similar; el escritor Josep María Carandell, manejando otros argumentos, también lo hizo y hemos venido oyendo insistentemente esta adscripción en los propios ambientes masónicos, como mínimo, desde principios de los años 80. Los medios gaudinianos ortodoxos han rechazado de plano, y en multitud de ocasiones, esta hipótesis, lo cual nos permite, con la distancia del tiempo, redimensionar la cuestión, valorar unos y otros argumentos, y revisar si lo que dijimos en aquel momento era completamente absurdo, desprovisto totalmente de base, y si la cuestión en estos momentos sigue abierta. Tal es la intención de las páginas que siguen: recapitular el material existente en apoyo de la tesis de una vinculación temporal entre

Lo que va del «Gaudí joven» al «Gaudí maduro»

Antoni Gaudí nació en 1852 y falleció en 1926 a la edad de 74 años, mucho tiempo como para suponer que, desde su juventud hasta su vejez, mantuvo las mismas opiniones y criterios. Quienes lo conocieron afirman que era tozudo, y seguramente así era, pero 74 años son muchos para el ejercicio continuo de la tozudez y el enrocamiento permanente en las mismas opiniones. Todos sabemos, volviendo la vista atrás y analizando nuestras propias vidas, que, a partir de cierta edad, las opiniones que hemos sostenido en la juventud, han cambiado en los años siguientes, en ocasiones, bruscamente, 180º, o mediante un deslizamiento progresivo y lineal, pero constante. No es algo deshonroso, desde luego; es más, podemos apostar a que, mientras no se detenga el flujo de sangre en nuestro cerebro y en nuestro corazón, siempre que haya vida, existirá la posibilidad de que la mutación de nuestros criterios prosiga. Mi padre  decía que «tot alló que és viu, es belluga». [todo lo que está vivo, se mueve]

Decir que Gaudí murió como católico ejemplar, o que se educó en el Colegio de los Escolapios de Reus y, por tanto, necesariamente, era católico a machamartillo, ya desde su infancia, no es aportar gran cosa sobre sus opiniones en determinados momentos de su vida. Tomar la parte por el todo, necesariamente, induce al error. El Gaudí católico es el Gaudí maduro, pero no el Gaudí joven.

Joan Bassegoda –uno de los principales especialistas en Gaudí, de los que han puesto más énfasis en la catolicidad del arquitecto– resumió su portentosa aventura espiritual en estas líneas: «El idealismo de Gaudí joven no se extinguió con la madurez, sino que se depuró, pasando del sentimiento puramente obrerista a la profundidad religiosa y mística de los últimos años de su vida. Es interesante constatar que Gaudí recibió educación cristiana de su familia y de los padres Escolapios de Reus, ciudad en la que los sentimientos librepensadores tenían buenos representantes. Gaudí conoció ambos conceptos, el ateísmo y la religión católica, y es evidente que se inclinó por la segunda tendencia, lo que hace más meritoria su posición, ya que tuvo oportunidad de escoger»; compartimos sin restricciones este criterio, a costa de realizar una precisión. Indudablemente, Gaudí optó, finalmente, por el catolicismo, pero lo que no está tan claro es en qué momento realizó la opción de manera nítida y cuándo rechazó por completo cualquier otra vía; y, mientras no optó por el camino que le llevaría a las puertas de la beatificación, es lícito plantearse qué criterios albergaba y si encontró a alguna sociedad en cuyo seno los compartiera. Esta obra pretende fijar con cierta precisión, la horquilla de tiempo en la vida del arquitecto, previa a la elección del catolicismo como vía. Tampoco está muy claro cuáles eran las ideas de Gaudí previas a su opción católica. Bassegoda alude a «obrerismo», «sentimientos librepensadores », «ateísmo», pero, es posible precisar más.

A diferencia de otros artistas –Dalí, por ejemplo– de Gaudí apenas existen escritos de su puño y letra en los que manifestara su pensamiento; las frases que otros recogieron y anotaron durante años, nos muestran, las opiniones del arquitecto en la madurez de su vida, mientras que los recuerdos de su infancia y juventud, resultan excesivamente limitados y, en ocasiones, visiblemente «reelaborados». Los distintos biógrafos de Gaudí solamente han logrado reconstruir la vida del arquitecto a través de la documentación que ha quedado de sus proyectos y de unos cuantos testimonios de otros artistas y técnicos que colaboraron con él. Pero del Gaudí joven se sabe muy poca cosa y de su infancia todavía menos; apenas nada.

Se suele decir que, por modestia y timidez, no hablaba apenas sobre sí mismo y, seguramente, así era. El gusto por el anonimato es, sin duda, una de las características que Gaudí comparte con los grandes maestros de obras de las Catedrales, quienes, a pesar de la grandeza de sus construcciones, se mostraban elusivos sobre sí mismos, evitaban dejar su firma en sus obras y, de la mayoría, apenas se sabe dato alguno sobre su vida5. Sea como fuere, es innegable que existen «agujeros negros» en la biografía gaudiniana. A decir verdad, el Año Gaudí 2002 no ha servido para esclarecer gran cosa. Así pues, la cuestión sigue abierta.

Masonería y confusión

Por lo que se refiere a la masonería las cosas son, así mismo, más complejas de lo que se tiene tendencia a pensar: no existe «una» masonería, sino una multiplicidad de «obediencias» y «ritos masónicos» (del sánscrito «Rtam», orden, corrección; el «rito» es el orden prescrito en las ceremonias masónicas), cuyos contenidos varían extraordinariamente, tanto en sus planteamientos doctrinales, como en su forma de operar y organizarse. Sólo son comunes a todos los ritos y obediencias, la alusión al simbolismo constructivo y los tres primeros grados de su jerarquía (Aprendiz, Compañero y Maestro). Se suele olvidar que en las Logias de Rito Escocés, la Biblia sigue hoy abierta por los primeros versículos del Evangelio de San Juan, que las fiestas masónicas se ubican en las «puertas solsticiales» (las fiestas de San Juan Bautista –el iniciador– y de San Juan Evangelista –el iniciado–) y que en las Constituciones de Anderson, que suponen algo similar al reglamento de la masonería moderna, se alude a los «estúpidos ateos»… como se ignora, así mismo, que ritos como el «Egipcio» del Conde de Cagliostro o el de «Menphis Misraïm» de los hermanos Bedarride, están muy alejados de estos planteamientos; junto a una masonería atea, existe otra deísta, como existió, igualmente, una masonería católica, e incluso hoy existen ritos –como el «Rito Escocés Rectificado», elaborado por Jean Baptiste Willermoz9 – específicamente orientados para católicos; algunas obediencias son incompatibles con el cristianismo («Derecho Humano»), mientras que en otras existen «rastros» del mismo (las obediencias vinculadas a la Gran Logia Unida de Inglaterra). Esto sin olvidar que en la actualidad, entre el 50 y el 60% de la masonería irlandesa está compuesta por católicos.

Esta multiplicidad de obediencias masónicas, y la existencia misma de «logias salvajes» (talleres masónicos, fuera de cualquier disciplina colectiva), crean una situación extremadamente movediza que induce a la confusión al observador no avisado. A esto se une la costumbre de algunas logias –siguiendo lasantiguas tradiciones de los gremios de constructores– de quemar sus archivos una vez cada dos años. Otras nacieron, operaron y desaparecieron sin dejar rastros, por distintos motivos: una convulsión política, de las muchas que hubo en el siglo XIX, les indujo a disolverse y sus archivos se perdieron o, simplemente, fueron incautados y destruidos, una epidemia acabó con los elementos más activos, una disputa interna disolvió la logia e hizo que su patrimonio documental se dispersara irremisiblemente, etc.

Además, es importante no olvidar que en el siglo XVIII y XIX existieron logias masónicas católicas, incluso después de la prohibición papal. De hecho, aún hoy, se sospecha que la propia masonería fundacional de 1717 estuviera formada, originariamente, sólo por católicos ingleses. Lo cierto es que personajes como el tradicionalista y conservador Josep de Maistre, fueron notorios francmasones situados en la cúpula de la orden, lo cual no es óbice para que en sus obras evidencien un profundo sentimiento católico. Sin olvidar que el antecedente de la masonería «especulativa» (o «filosófica»), es decir, la masonería «operativa» (o de los oficios) de la Edad Media y del Renacimiento, estaba compuesta, así mismo, por devotos católicos. A pesar de las reservas y de la condena papal –«por motivos que sólo Nos sabemos», fórmula enigmática, expresada por Clemente XII en la bula «In eminenti», el 28 de abril de 1738– durante todo el siglo XIX encontramos a notorios francmasones que murieron, indudablemente, como católicos. Mi propio abuelo, tras haber militado durante un tiempo en la misma logia que el dirigente socialista Martínez Barrios, murió como católico y, en realidad, nunca tuvo la sensación, ni la voluntad de haber dejado de serlo. El choque brutal y sin retorno entre la masonería y la Iglesia, ocurrió durante el siglo XIX, especialmente, a partir del momento en el que la unificación de Italia, se realizó, en buena medida, a costa de la Iglesia que perdió los Estados Pontificios en un proceso político en el que la masonería y el carbonarismo tuvieron claramente la iniciativa.

A la vista del innegable peso del catolicismo en la ecuación personal del Gaudí maduro, inicialmente, estuvimos tentados de pensar que, alguna logia masónica de carácter católico hubiera subsistido en la España del siglo XIX y a ella habría pertenecido el arquitecto, tal como denotaban algunas peculiaridades del simbolismo por él utilizado. El razonamiento que manteníamos en 1996 era el siguiente: en la arquitectura de Gaudí, hay símbolos de indudable extracción masónica, que, necesariamente, debió aprenderlos en las logias o en el entorno de éstas; pero su catolicismo chocaba con la naturaleza de la corriente dominante de las logias españolas en el siglo XIX (vinculadas a obediencias de origen francés); así pues, en conclusión –pensábamos entonces–, debió de pertenecer a alguna logia que hubiera conseguido mantener la misma componente católica presente en el momento fundacional de la Gran Logia de Londres. Pero…

Los gaudinianos de «estricta observancia», argumentaban en contra que si Gaudí hubiese sido masón, la propia orden se habría encargado de airearlo. Cabe decir que, en realidad, la masonería si lo ha aireado (yo mismo lo he oído por boca de destacados masones), pero, además, puede añadirse que no siempre la masonería es consciente de quien fue o no fue masón en otro tiempo. La fragmentación en obediencias y ritos es muy antigua; las masonerías de origen francés (habitualmente laicas sino ateas, republicanas, socialistas, positivistas y librepensadoras), tienen poco que ver con las masonerías de origen inglés (mucho más deístas o sin incompatibilidades religiosas, liberales y conservadoras). En este magma, la masonería ha perdido buena parte de la memoria de su historia.

El problema sigue siendo entender que, no hay una estructura masónica unitaria, ni mucho menos una dirección mundial única, sino una multiplicidad de formas y conceptos que utilizan el mismo lenguaje y la misma simbología, para albergar entidades e ideas completamente diferentes e, incluso, opuestas. Así pues, la presencia de un católico en la masonería, no debería de sorprender excesivamente.

Queda algo más por decir. René Guénon, uno de los principales estudiosos de las ideas y del simbolismo de la masonería en el siglo XX, escribió: «Una asociación que se defina como secreta, por el mero hecho de serlo, no deja rastros de su existencia». Lo que equivale a decir que una «sociedad secreta», contra más seria es, menos documentos deja de su existencia... y, por tanto, más secreta e impenetrable permanece a los ojos profanos. La primera mitad del siglo XIX español, por ejemplo, es difícilmente comprensible para la historiografía objetiva; en el escenario evolucionaron miembros de tres sociedades secretas (carbonarismo, comunería y masonería) cada una de las cuales, generó múltiples disidencias que, luego, se recombinaron con disidencias de las otras dos ramas, dando lugar, finalmente, a la mayoría de partidos progresistas, democráticos, federalistas y liberales del siglo pasado. La historia de España del siglo XIX, con sus bruscos estallidos anticlericales, con su agitación permanente, es imposible de interpretar para la historiografía convencional en la medida en que buena parte se gestó en el ámbito de «sociedades secretas» que no dejaron apenas documentos sobre sí mismas. Muy poco se sabe de lo que ocurría en la trastienda de las logias, o en las «torres comuneras» o en los «bosques jurásicos» carbonarios. Como decía, cuando escribí en 1996 El Misterio Gaudí estaba persuadido de que el arquitecto perteneció a una logia masónica, de carácter católico, extremadamente elitista y desvinculada de las corrientes mayoritarias de la masonería laica o deísta de la época. Las pesquisas en el ámbito del modernismo –movimiento estético coetáneo de Gaudí, aun cuando, en sentido estricto, el arquitecto no puede ser considerado «modernista»– no fueron muy lejos. Encontramos, eso sí, con cierta frecuencia algunos intelectuales y artistas modernistas con propensión hacia «lo oculto», en el peor sentido de la palabra, tendencia que hizo aproximarse a algunos de sus exponentes a la Sociedad Teosófica o a formas de espiritualismo ingenuo y confuso, incluso en la figura de arquitectos como Sayrach. Ciertamente, el jefe de filas de los «modernistas bohemios», Santiago Rusiñol, había mantenido en París buena amistad con Erik Satie e incluso fue iniciado en el Salón de la Rosa Cruz de Josephin Peladan, antes de volver al Cau Ferrat. Pero todo esto no llevaba a ningún sitio. Gaudí tuvo sólo una relación muy esporádica con Rusiñol; eran dos caracteres completamente diferentes y el pintor no ahorraba ironías hacia el arquitecto y su mecenas, Eusebio Güell.

A los pocos meses me convencí de que se trataba de una pista a abandonar: Gaudí, ciertamente, había tenido en su primera época como arquitecto, muchos amigos francmasones, pero, lo sorprendente era que, lejos de pertenecer a logias católicas, fieles al espíritu de la masonería primitiva y al espíritu gremial que la inspiró… todos pertenecían, inevitablemente y sin excepción, al sector más alejado de esta perspectiva y estaban vinculados a distintas obediencias de origen francés, concretamente, al entorno masónico de Rosendo Arús i Arderiu de quien volveremos a hablar en estas páginas.

Es, hasta cierto punto, razonable que las personas formen «grupos de afinidad» a lo largo de su vida. Los aficionados a la música se encuentran mejor entre melómanos que entre paracaidistas, los conservadores encajan mejor con otros conservadores que con ácratas exaltados. El hecho de que Gaudí se encontrase, durante su juventud, rodeado por miembros de la masonería, federalistas y liberales de izquierda, a menudo, exaltados, no era una prueba de que el arquitecto militara en organizaciones concretas… pero si un indicio de por dónde iban sus preferencias. Y esto permitía preguntarse: «¿mantuvo Gaudí durante toda su vida la misma posición en materia de fe?», o, dicho de otra manera, el «Gaudí joven», corresponde al mismo arquetipo de católico que el «Gaudí adulto». Creo estar en condiciones, en este momento, de dudarlo, amparado en documentación irrefutable y en trabajos biográficos sobre Gaudí, de reconocido prestigio. Si se tienen en cuenta todos estos elementos, a efectos de construir una hipótesis de trabajo que permita integrar algunos aspectos de la vida del arquitecto, con símbolos utilizados por él, esto nos permitirá rellenar algunos de los vacíos de la biografía gaudiniana.

Las hipótesis del “Código Gaudí”

Finalmente, hemos de decir que ni pertenecemos, ni hemos pertenecido a ninguna de las obediencias masónicas existentes. No tenemos, por tanto, un interés «de parte» en demostrar la hipótesis que motiva este trabajo, ni nuestra intención es otra que la de desbrozar una vía interpretativa del simbolismo gaudiniano. Varios de nuestros amigos que han militado y militan en la francmasonería, saben perfectamente que, en este terreno, procuramos realizar valoraciones con el único interés de buscar la verdad o, al menos, tender a ella.

La hipótesis que presentamos a continuación tendrá, sin duda, detractores. En ciencia se dice que es mejor la existencia de una «mala teoría» que la inexistencia de teorías. Al menos, una «mala teoría» dinamiza un debate y permite que, en el curso del mismo, se alcancen grados superiores de claridad a los previamente existentes. Frecuentemente, a una «mala teoría» ha seguido, la teoría correcta, de la misma forma que las hipótesis de trabajo, pueden ser o no confirmadas. Lo que hemos intentado esbozar en las páginas que siguen, no es, una «mala teoría », sino una «hipótesis de trabajo», una vía abierta de investigación.

Sobre el «joven Gaudí» no existe teoría alguna. Existe, simplemente, el vacío. Unos pocos datos dispersos que, habitualmente son pasados de soslayo por sus biógrafos. Estos, en buena medida, son, y han sido, arquitectos, historiadores del arte y están mucho más interesados en los proyectos arquitectónicos que en la vida personal del biografiado. De hecho, si a usted le interesa más la arquitectura de Gaudí que su biografía, cierre el libro. Ha equivocado su elección, este libro no le aportará casi nada.

Pero si usted está interesado por conocer algunos aspectos de la vida de Gaudí que otros autores han desconsiderado y citado de forma marginal, sin querer profundizar en ellos, siga leyendo, encontrará algunas explicaciones que no hallará en otras obras sobre el arquitecto.

Si usted aspira a conocer el origen de buena parte de los símbolos que utilizó el arquitecto: este es su libro.

Sobre el «Gaudí joven» no había teorías; en esta obra hemos pretendido construir unas hipótesis de trabajo que pueden ser enunciadas brevemente:

Primera Hipótesis.– Entre 1870 y 1882, el «joven Gaudí», se impregnó de un pensamiento laico, federalista, republicano, ateo y masónico.

Tal es la hipótesis que sostenemos en la primera parte de esta obra. En la segunda realizamos una excursión por la simbólica de Gaudí, limitada a algunos elementos que aparecen obsesivamente en sus obras, vinculadas a su mecenas, el Conde de Güell y esto nos permite levantar una segunda hipótesis sobre las influencias culturales que ambos exteriorizaron:

Segunda Hipótesis.– Gaudí fue el ejecutor de las ideas artísticas del conde de Güell, ideas cuyo origen es incierto pero que coinciden con las ideas difundidas por Fabre d’Olivet y Saint Yves d’Alveydre, esto es, las ideas «sinárquicas».

La tercera hipótesis relativa a las peculiares costumbres y comportamientos de Gaudí, puede ser enunciada así:

Tercera Hipótesis.– Todas las costumbres higiénicas, terapéuticas, alimenticias y cotidianas de Gaudí, estaban inspiradas en el sistema establecido por el abate Sebastián Kneipp.

Finalmente, estableceremos una interpretación global sobre el simbolismo del Park Güell que puede ser definida de esta manera:

Cuarta Hipótesis.– Gaudí y Güell intentaron plasmar en el simbolismo del Park su concepción del mundo y del proceso de perfeccionamiento del ser humano, en un sistema simbólico coherente, acorde con sus principios católicos y con su basamento cultural.

Estas cuatro hipótesis suponen un intento de traspasar el agujero negro que existe en las biografías de Gaudí hasta prácticamente la finalización de sus estudios de arquitectura. Las páginas que siguen no son más que un esfuerzo por llegar al fondo de lo que bullía dentro del cerebro del joven Antoni Gaudí.

Salses le Château, 6 de enero de 2005.

 

SUMARIO:

Introducción

Primera Parte

El entorno del joven Gaudí

Capítulo I. La restauración de Poblet. Los amigos del joven Gaudí

Capítulo II. La masonería en Reus durante el siglo XIX

Capítulo III. Las farolas de la Plaza Real. La sombra de Xifré

Capítulo IV. En el Parque de la Ciutadella con los Fontseré

Capítulo V. Con el excursionismo catalanista

Capítulo VI. La Cooperativa Obrera Mataronense

Capítulo VII. La «caverna iniciática» y lo siniestro

Capítulo VIII. Zonas oscuras, crisis religiosas

Capítulo IX. El misterio del Turó de las Menasy la cruz espacial

Segunda Parte. El peso de lo andado

Capítulo X. Tres puntos para un misterio

Capítulo XI. Interrogantes antes que conclusiones

Etapa final

Anexo I. Interpretación simbólica del Park Güell

Anexo II. Gaudí y las enseñanzas del abate Kneipp

Anexo III. Fotografías y gráficos


Características

Tamaño: 21x23 cm.

Paginas: 337

Impreso en papel de 80 grs.

Con ilustraciones y gráficos

Precio de Venta al Pública: 23,93 €

Pedidos: GAUDÍ Y LA MASONERÍA (1870-1882)

Contacto: eminves@gmail.com

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